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Adaptarse a una nueva alimentación al expatriarse

  • 18 jul
  • 2 min de lectura

Actualizado: 27 jul

Cambiar de país es mucho más que cambiar de dirección. También implica cambiar de mercado, de horarios de comida, de ingredientes disponibles y, en ocasiones, incluso de la definición de lo que significa «comer sano».

Para muchos de mis pacientes expatriados, la alimentación es uno de los aspectos más desestabilizadores de su nueva vida y, sin embargo, uno de los que menos se suelen anticipar.

El choque alimentario existe realmente: hablamos a menudo del choque cultural, pero pocas veces del choque alimentario que lo acompaña.

Dejar de encontrar los productos habituales, tener que descifrar etiquetas en un idioma desconocido o acostumbrarse a horarios de comida diferentes (por ejemplo, almorzar al mediodía en lugar de a las 14:00) requiere una verdadera adaptación, tanto práctica como psicológica.


Algunas claves para una transición más sencilla


1. Observar antes de juzgar

Cada cultura alimentaria tiene su propia lógica nutricional, construida y perfeccionada a menudo durante generaciones.

Antes de intentar reproducir a toda costa la alimentación del país de origen, es útil comprender por qué las costumbres locales son como son.


2. Mantener algunos puntos de referencia

No es necesario cambiarlo todo de golpe.

Conservar dos o tres hábitos familiares (un desayuno similar, una especia que sea fácil de encontrar, por ejemplo) ayuda a mantener una sensación de estabilidad mientras el resto se va adaptando.


3. Aprender de nuevo a hacer la compra

El supermercado suele ser uno de los primeros lugares donde se pierde la sensación de orientación.

Tomarse el tiempo para explorar los mercados locales y pedir consejo a los comerciantes transforma esta dificultad en una oportunidad de descubrimiento, en lugar de convertirla en una fuente de frustración.


4. Prestar atención a los aportes nutricionales importantes

Los cambios de alimentación pueden afectar de manera discreta a ciertos aportes nutricionales: fibra, calcio, hierro u omega-3, según las costumbres del país de acogida.

Una consulta con un profesional de la salud unos meses después de la instalación permite ajustar la alimentación si es necesario, sin esperar a que aparezcan carencias.


5. Darse tiempo

La adaptación de la microbiota y de los hábitos alimentarios suele necesitar varias semanas, e incluso algunos meses.

Los trastornos digestivos pasajeros al inicio de una expatriación son frecuentes y, en la mayoría de los casos, son temporales.

Expatriarse también desde el punto de vista alimentario puede convertirse en una oportunidad única: descubrir nuevas combinaciones de sabores, ampliar nuestra variedad nutricional e incluso mejorar algunos hábitos.

Muchos de mis pacientes terminan desarrollando una relación con la comida más abierta y consciente que antes de su partida.

¿Está viviendo actualmente una transición alimentaria relacionada con una expatriación?

No dude en solicitar una cita para recibir un acompañamiento personalizado.



 
 
 

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